domingo, 11 de septiembre de 2016

Réquiem por un sueño

Y llegará mi suspiro final
Y tú no sostendrás mi mano
Y una lágrima última empañará tu recuerdo
sin poder enterrarlo.
KC
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viernes, 2 de septiembre de 2016

Yo no soy una.
Soy una acacia
de copa estrellada movida por el viento,
de fino tronco a punto de romperse.

Soy la que medita
echando raíces en un puente
donde ver pasar besos
de nacida transparencia.
Soy una niña a veces
que se apoya en el pecho del padre
contemplo estremecida el mundo
y me duermo en su latido lentamente.
Soy también el gozo furtivo
de una brisa en la playa
con su eco de canciones,
la sombra estival de un patio
un pasado de luz
un recuerdo vago.
Yo no soy una.
Soy luna , noche aciaga,
reina, campesina,
cisne, torpe lechuza.
Soy tantas como repudias y amas.
Lo único que nunca cambia
es la sed de mi cuerpo
muriendo y renaciendo
en tu cintura.
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jueves, 18 de agosto de 2016



Si te encontrara
escalaría a toda prisa hasta tu cintura 
para buscar en el suspiro las palabras que te faltan,
bailaría sobre tu pecho a mar abierto
me asomaría al horizonte de tus poros
para despedir entre cerezas todos los veranos.

Si te encontrara
robaría una nube ligera
para darte el refugio que el árbol negara,
pasaría mi lengua soleada por tu nada
soplaría de tus dedos el temblor del pasado
inventaría en tu espalda una simetría insensata.

Si te encontrara
alteraría en tu boca el orden público
dejaría los mandamientos en uno:
cometerás cada acto impuro sobre mi cuerpo,
morirían caducas leyes y decretos entre caricias.

Pero si lo que tú buscas, amor,
es una carretera secundaria,
lava el polvo de tus manos
apaga la luz de este paisaje
y llévate todos los semáforos.
Yo solo soy
un torpe camino de imperfecciones
que conduce llameante
al cosmos de tu piel
sin botones.
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martes, 16 de agosto de 2016


Juega el viento de levante
a recorrer mi piel
con las letras de su nombre.
Una pareja de gaviotas se posa en la isla
burlando al mar rebelde.
Yo aún no he aprendido a refugiarme.
Siento el latido de la marea
y su risa azul besa mis pies entre la arena.
Debería salir corriendo
fingir que vivir es una huida.
Pero me quedo.
Tengo miedo de que mis labios se resequen.
Me sumerjo hasta el fondo
y respiro el salobre gusto de la libertad.
Libre hasta de mí misma.
No hay salvación posible
cuando dos puntos cardinales
desafían la distancia
para encontrarse.
Estoy a un soplo de que me lleve la corriente.
Y a otro, tristemente, de salvarme.
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El poema se doblega
ante la gota que resbala por mi cuerpo
sabiéndose dueña absoluta del momento.
Tan pequeña en su tamaño
crece como una tormenta
ante el alarido de la piel sometida.
Estallo bajo las letras
se arquea el léxico en el abrazo
y escucho nítido
el discurso indescifrable del orgasmo
inventando tiempos verbales.
Vuelo sin palabras
en la huella que dejas
al otro lado de la cama.
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sábado, 30 de julio de 2016


Cuando escribo...
Necesito un silencio de siglos
recogerme el pelo desordenado
desnudarme y tirar los zapatos con los ojos abiertos
hundirme en el seno del agua
y detener la inmensidad del mar,
tan pequeño cuando te miro.
Siempre lloro cuando escribo
como ahora que veo pasar las nubes
sobre mi edad sin nidos de miedo.
El miedo tiene aroma.
No lo respiro.
Solo nos llevamos lo que hemos sido capaces
de mirar, de respirar.
No me interesa lo posible.
Prefiero detenerme en tu boca.
Colarme dentro
donde el viento se lleva a los muertos.
Mido la distancia entre tu boca y la mía al besarnos
y es demasiado grande.
Pero más allá, no existe la vida.
Hasta en la sordidez de un garaje vacío
puede el mundo temblar con el adolescente asombro
de una primavera que menstrua.
Puedes perder el mundo en un garaje
o cambiarlo con solo dos palabras.
Fuera, hay un silencio de siglos.
Quiero besarte.
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La playa en la que me tiendo
tiene la medida de su piel.
La arena, tímida, juega a esconderse entre mis pies
y un soplo de Levante murmura
con su último aliento:
deja que te mire despacio...
Cae la tarde impotente
en busca de los besos que no dí,
y la tarde se vuelve helada
como un rictus.
Calla el ocaso su luz de cascada
y tan solo el ángulo moldeado
de mi cintura sostiene
el hilo rojo de la vida.
Soy el mundo
sin aristas ni pliegues.
Huye la tristeza del viento
si me tiendo en esta playa
que finge, como yo,
ser libre.
Hemos desaprendido todo,
menos a amar.
Llega la marea
con su cruel sentencia
de humedad ausente.
Nos separa un océano.
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