viernes, 25 de septiembre de 2015


Cambio de viento

Apuesto mi voz, que te cantó de madrugada, que te irás en invierno cuando el calor del sol se esfume en un conjuro.
Apuesto mis gotas de sudor, que mojaron tus sueños, que subirás a la próxima estela cuando las tardes lleguen a su ocaso.
Apuesto mis besos, que agitaron tus pensamientos, que dejarás mis sábanas naúfragas cuando la luna mengüe.
Apuesto mis lágrimas, que cayeron mudas, que huirás en silencio cuando mis ojos busquen más pasión.
Apuesto que te irás ahora, cuando tus labios susurren confundidos :
sí, no...
Apuesto que volverás mañana, cuando el viento cambie y tus latidos no tengan eco ni un lugar donde anidar.
( Este poema marcó el final de 2014 sin saberlo en el momento de escribirlo)
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Pasaba los 80, y miraba sus manos, ahora grotescas, sin reconocerlas.
Esos dedos finos y ágiles, que tantas veces entrelazaron el amor,
temblaban con los recuerdos.
Su cuerpo ajado, ignoto, arrastraba huellas de noches luminosas y de
desengaños. Sus pasiones son revividas con amargura, como si el
tiempo hubiera transformado sus emociones en un sainete.
En ése cosmos de la vejez, en el que se siente extraño, busca desesperado
una mirada encendida. Su piel no le engaña pero su corazón late adolescente.
Frente al espejo, retira una lágrima y, en estado mediúmnico,
vuelve a ver sus ojos…
Ella no le ha olvidado.
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Palabras al alba

Se afanó, con ése brío que sólo da la desesperación,
en subirse a su piel, sabor a brea.
No era hambre, era hambres de años ciegos,
de soliloquios infecundos, de dedos desgastados
en noches hiladas a la locura.
Ni un sueño ilustró entonces el vacío,
agujero negro que desafía a los que anhelan el color,
el calor.
Se afanó, y la brea le supo a miel cristalizada,
a lluvia en agosto.
Prendió el alba, olvidó los cuerpos desolados,
y le acunaron las palabras.
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Nefelibata de emociones,
manos colmadas de ofensas,
piernas vacías de ausencias,
corazón expuesto a los desamores.

Nefelibata de emociones,
mirada primaveral atrapada en pesares,
alma mutilada por falsos cantares,
sonrisa esposada en islote de prisiones.

El tiempo, suspendido,
colgado de una rama joven.
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Estela

Llevo las raíces de su lucha
enrolladas en mi ombligo.
Recuerdo el júbilo de su victoria
enmarañado en mi pelo.
Siento la quietud de su reposo
anclada en mi alma.

El tiempo, barredor de detalles, barre
y extiende un tenue velo sobre nuestras batallas.
El tiempo, conquistador de desencalles, rinde
y se rinde ante la recia estela de su último combate.

Bajo la lápida, sus ojos...
Llenos de mar.
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Quisiera

Quisiera nadar entre suspiros,
bucear en las entrañas de tu lamento,
navegar en la gracia de tu ritmo.

Quisiera comerme a bocados tu conciencia,
atrapar con mis piernas tu pecado,
matar con mi lengua tu culpa.

Quisiera un banquete.

Y vas...y vienes...
Y meneas mi piel resplandeciente,
con premura, sin detenerte.
Apenas un aperitivo.

Quisiera un banquete...
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No te vayas (inspirado en No te salves de Benedetti)

No te quedes en la antípoda de mi aliento,
no te vayas sin lamer la estría de mi dolor,
no te desnudes antes del vuelo errante de ésta luciérnaga,
no te vistas sin aguar mi mirada de piedra.
Pero, si no te quedas, si decides no quedarte,
y la luciérnaga vuelve a ser piedra
y la piedra, dolor
Y el dolor, aliento amargo,
mi boca, mi boca insomne y traicionera, seguirá derramando tu nombre, antes extranjero.
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